Cuando apagar las pantallas encendió el aprendizaje: dos historias que explican por qué las nuevas tendencias educativas no bastan

El día que una escuela decidió apagar las pantallas

Cuando Anna Lundgren asumió la dirección de la escuela pública Sjövikskolan, al sur de Suecia, heredó un centro que representaba el ideal educativo del país a principios de la década pasada: tablets desde edades tempranas, libros digitales, plataformas de aprendizaje y aulas completamente conectadas.

Todo funcionaba.
Al menos, técnicamente.

Lo que no funcionaba era más difícil de medir.

Los docentes observaban alumnos capaces de deslizar un dedo con destreza por la pantalla, pero incapaces de mantener la atención durante una lectura larga. Niños que producían mucho contenido, pero con dificultades crecientes para comprenderlo, estructurarlo o recordarlo.

Suecia —uno de los países más avanzados en digitalización educativa— empezaba además a registrar descensos en comprensión lectora en informes internacionales como PIRLS y PISA.

Algo no cuadraba.


Volver al papel no fue un paso atrás

En 2020, Sjövikskolan tomó una decisión que entonces parecía casi herética: reducir drásticamente el uso de tecnología en el aula.

  • Libros impresos como material principal
  • Escritura a mano diaria
  • Más lectura en voz alta
  • Más conversación, debate y tiempo compartido
  • Tecnología solo cuando aportara un valor claro y concreto

No se trataba de nostalgia ni de rechazo a la innovación. Era una pregunta pedagógica honesta:
¿y si menos pantallas ayudaran a aprender mejor?

Los resultados no fueron inmediatos, pero sí consistentes.
Menos distracciones.
Más atención sostenida.
Mejor comprensión lectora.
Textos escritos más claros, aunque más breves.

Años después, el propio Gobierno sueco reconoció el error de una digitalización excesivamente temprana y anunció una vuelta decidida a los libros, la escritura manual y el aprendizaje analógico en Primaria.

La tecnología no desapareció.
Simplemente dejó de ocupar el centro del aula.


El ruido de las nuevas tendencias educativas

Mientras tanto, en otros países —España incluida— el discurso educativo se llenaba de nuevas tendencias de educación presentadas como soluciones universales:
gamificación, aprendizaje basado en proyectos (ABP), clase invertida, design thinking, educación emocional digital, metodologías activas apoyadas en apps.

El problema no es que estas metodologías existan o se usen.
El problema es creer que ellas, por sí solas, generan interés y aprendizaje.

Porque ni la gamificación motiva si no hay vínculo,
ni el ABP funciona sin contexto,
ni la tecnología despierta curiosidad cuando el alumno no se siente visto y escuchado.

Y aquí entra la segunda historia.


La profesora de Leganés que llegó a los “Nobel de la Educación”

En un instituto público de la Comunidad de Madrid, el IES Julio Verne, una profesora llevaba años haciendo algo aparentemente poco innovador: escuchar a sus alumnos.

No destacó por usar la última plataforma digital ni por aplicar metodologías de moda. Destacó por adaptar los contenidos a la realidad del aula, por generar confianza y por convertir la clase en un espacio donde el alumnado quería estar.

Su nombre es Ana Hernández Revuelta y su trabajo la llevó a ser finalista del Global Teacher Prize, el galardón internacional conocido popularmente como el Nobel de la Educación.

La prensa recogió su historia porque rompía el relato habitual:
no hablaba de tablets, ni de gamificación, ni de tecnología disruptiva.
Hablaba de empatía, de mirar al alumno antes que al método, de recuperar el sentido de enseñar.

Ya hace nueve años impulsó un proyecto de ‘Codocencia’, que sonaba a algo raro y excéntrico.

Reunió a unos cien alumnos en un espacio común. Allí, entre siete u ocho docentes daban la clase en un único espacio de aprendizaje abierto. Abrió las aulas a las familias. Eliminó fronteras entre asignaturas. Resumiendo: puso el foco en la comunicación y en la colaboración entre los 3 grupos involucrados en la educación: estudiantes, docentes, familias. Trabajó para eliminar barreras internas de cada grupo y entre grupo y grupo.

El modelo se articula en torno a contextos históricos: los alumnos aprenden de profesores de distintas áreas a la vez: ciencias, lengua, arte, música, matemáticas o literatura como partes de un mismo relato. Por ejemplo, la Revolución Industrial desarrolló la industria química que dio con nuevos colores, nuevos pigmentos, que permitieron el impresionismo; o el jazz, que cobra sentido al entender la Guerra de Secesión y el mercado de instrumentos militares; o Rubén Darío, que llega a España gracias a los avances en los astilleros y los grandes barcos transatlánticos.

Así, un día a la semana, durante tres horas, con alumnos de 4º de la ESO, los profesores trabajan juntos en el aula. Introducción breve, contexto histórico y, enseguida, actividades diseñadas de forma colaborativa. La evaluación deja de ser un castigo puntual y se convierte en un proceso continuo: los alumnos se evalúan entre ellos, los docentes se observan y se evalúan mutuamente.

Con esta actividad y con un constante trabajo de acercamiento de la materia a los intereses reales de los jovenes, intenta recuperar el interés de los estudiantes por la escuela. Para explicar Goya, hizo referencias a la popular serie «Stranger Things» y a la cantante Rosalia. Su reconocimiento internacional no llegó por aplicar tendencias educativas, sino por algo mucho más difícil de replicar en un tutorial: generar interés auténtico.

Los datos de este sencillo y, por esa misma razón, revolucionario gesto, hablan por si solos:

  • las tasas de graduación aumentaron del 71 % (2016) al 98 % (2025);
  • los incidentes de conducta indebida se redujeron de 125 a 19 por trimestre;
  • el absentismo crónico disminuyó de 14 alumnos a 1;
  • los datos policiales muestran una reducción de la delincuencia juvenil vinculada al aumento de la participación y el sentido de pertenencia. La escuela, que antes era rechazada por las familias locales, se ha convertido en la institución más solicitada de la región.

Como enseñar en la era de la IA

Las dos historias parecen lejanas, pero comparten una misma idea:

La innovación educativa no empieza en la herramienta, empieza en la relación.

Suecia apagó pantallas para recuperar atención.
Una profesora en Madrid apagó el ruido metodológico para conectar con su alumnado.

En ambos casos, el aprendizaje mejoró cuando el foco volvió a lo esencial:

  • tiempo
  • presencia
  • escucha
  • interés real

Conclusión: la tendencia más revolucionaria es volver a escuchar al alumno

Las nuevas tendencias educativas no van a desaparecer.
La tecnología tampoco.

Pero cada vez más docentes y sistemas educativos están entendiendo algo fundamental:
sin empatía y sin interés, ninguna metodología funciona.

Quizá el verdadero cambio no consista en añadir otra capa más de innovación, sino en preguntarnos, como hicieron en Suecia y en aquel aula en Leganés:

¿Para quién estamos enseñando… y por qué?

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