un niño disfruta de una playa salvaje sin pantallas

Cómo desenganchar a los niños del móvil en vacaciones

Desenganchar a los niños del móvil en vacaciones empieza, casi siempre, por dejar el nuestro en casa. No hay estrategia, aplicación de control parental ni horario pactado que funcione si el adulto que lo propone está mirando la pantalla mientras lo dice. Lo sé porque lo he vivido en carne propia, como padre, muchos veranos seguidos.

El verano pasado me sorprendí a mí mismo revisando el móvil en la cola del supermercado, en el coche parado en un semáforo, incluso caminando hacia la playa. Mi hijo lo notó antes que yo. Un día me dijo: "papá, tú también estás todo el rato con el móvil". No tenía respuesta. Ese comentario cambió más cosas en nuestra casa que cualquier artículo que hubiera leído sobre el tema.

Desengancha primero al adulto, no al niño

La Asociación Española de Pediatría lo dice sin rodeos: la influencia del ejemplo de los padres en el uso de las pantallas es determinante, especialmente en momentos como las comidas familiares o el dormitorio. No es una sugerencia amable. Es la base de todo lo demás.

Si le pides a tu hijo que suelte el móvil mientras tú miras el tuyo cada diez minutos, le estás enseñando exactamente lo contrario de lo que dices con palabras. Los niños no hacen lo que les decimos. Hacen lo que nos ven hacer. Así que el primer paso —el único que realmente mueve algo— es mirar cuánto usamos nosotros el móvil delante de ellos, y empezar a recortar ahí antes de poner ninguna norma sobre la mesa.

Esto no significa desaparecer del mundo digital durante por completo, aunque nadie nos impida hacer como Cristopher Nolan, que no tiene smartphone y no envía mail. Significa ser honesto sobre cuándo lo usamos por necesidad real y cuándo lo usamos por costumbre, por aburrimiento, por ese tirón casi automático que todos conocemos. Reconocer eso en voz alta, delante de ellos, ya es pedagogía.

El móvil se queda escondido cuando nos vamos a la playa o de excursión

Esta es la norma que más nos devuelve a la vida en verano: cuando salimos a la playa o subimos a la montaña, el móvil se queda encerrado en una bolsa de plastico en un bolsillo interior escondido en el fondo de la mochila. Solo está allí para usarlo en caso de emergencia.

Al principio cuesta. Uno se siente raro sin la posibilidad de hacer una foto en el momento exacto (la foto de portada se la hizo mi madre a mi hijo, todavía no he conseguido que ella siga la regla al pié de la letra) , o de consultar la previsión del tiempo por enésima vez. O de busar el mejor restaurante para la cena, o la mejor playa para el día siguiente, o contestar al grupo de whatsapp de primos... Pero pasados los primeros veinte minutos ocurre algo: los niños empiezan a mirar cosas que antes no miraban. Un cangrejo escondido entre rocas. Un sendero que se bifurca y hay que decidir cuál seguir. El aburrimiento aparece, sí, y del aburrimiento sale casi siempre un juego inventado sobre la marcha.

La AEP recomienda reforzar hábitos saludables como el ejercicio físico, la exposición a la naturaleza y el tiempo en familia, precisamente en los tramos de edad donde el uso de pantallas tiende a dispararse en vacaciones. Dejar el móvil fuera del día entero de la excursión no es una privación: es abrir un hueco para que pase algo que la pantalla siempre ocupa primero.

Pregunta el camino en vez de mirar Google Maps

Esta es menos inmediata, por lo menos para mi. Tienes prisa para llegar a esa playa maravillosa que has visto en instagram y pones la localización exacta en google maps. No quieres perder el tiempo, quieres darte un buen baño en esas aguas cristalinas, estás de vacaciones, ¿no? ¿Pero las vacacaciones no son justamente eso? Desconectar, perder el tiempo en el sentido de ¿no estar pendiente de él? Así que quise probar, por un día a olvidarme de google maps y preguntar el camino. Me surgió la idea mientras hablaba con Marco Baliani, el autor de mi obra de teatro para adultos "Kohlhaas" . Me contó que para llegar a una actuación en un sitio que no conocía había puesto, como todos hacemos ya, google maps en en teléfono. Cuando se le descargó la batería y se dio cuenta de no llevaba consigo el cargador, se sintió perdido. Tenía que llegar al lugar de actción con cierta antelación, la aplicación le decía todo: cuanto faltaba, si había que cambiar ruta por el tráfico... y de repente: nada. Hace años, por lo menos, teníamos unos mapas en el coche, ahora nada. Paró en una gasolinera para preguntar si tenían un cargador que valiera para su telefono y de repente se dió cuenta. Espera, pensó, y si en vez de eso le pregunto el camino? Resulta que el dueño de la gasolinera conocia perfectamente el lugar porqué iba allí de niño con su familia. Le indicó con extrema precisión como llegar y de paso le señaló un restaurente maravilloso por la zona. Así que probé. No sabiamos por como llegar a una playa en la costa de Toscana y en vez de sacar el móvil y abrir el mapa, preguntamos. A la señora de la frutería, luego al camarero del bar del pueblo sigiuente y finalmente a un pastor. Mi hijo ha aprendido más geografía real, más curiosidad por un lugar y más soltura para hablar con desconocidos preguntando el camino tres veces en un pueblo de la costa que en cualquier aplicación. y cuando llegamos a la playa, te dejo imaginar la satisfacción de haber llegado después de mucho esfuerzo.

Preguntar obliga a mirar a alguien a los ojos, a formular la pregunta con claridad, a escuchar una respuesta que a veces viene con una anécdota del pueblo de regalo. Es exactamente el tipo de contacto humano que las pantallas sustituyen sin que nos demos cuenta, y que en el aula de inglés es lo que realmente engancha a un niño con un idioma: no el ejercicio en pantalla, sino la persona real al otro lado de la conversación.

Lo que dicen los pediatras sobre el verano y las pantallas

La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria plantea el verano como una oportunidad, no como un problema a gestionar. Los especialistas insisten en que un verano muy estructurado y lleno de actividades puede resultar contraproducente, y que muchos niños terminan septiembre más agotados que junio porque apenas han tenido oportunidad de bajar el ritmo.

La infancia necesita descanso físico, mental y emocional. El cerebro de los menores utiliza estos periodos para consolidar el aprendizaje, regular las emociones y recuperar su capacidad de atención — Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, 2026.

Eso no cuadra con un verano de pantalla encendida de fondo todo el día, pero tampoco cuadra con un verano de actividades programadas de la mañana a la noche. Cuadra con tiempo vacío, real, sin estructura ni pantalla, donde el niño decide qué hacer con su propio aburrimiento.

Lo que funciona no es la prohibición, es la alternativa real

UNICEF lo resume bien en sus orientaciones para familias: educar en el mundo digital no es prohibir, es acompañar. Prohibir el móvil sin ofrecer nada a cambio genera más conflicto que cambio real. Lo que funciona, en mi experiencia como padre y como alguien que lleva años trabajando con niños en el aula, es sustituir la pantalla por algo que compita de verdad por su atención: una excursión sin mapa, una cabaña montada en la playa para protegerse del sol, un juego inventado en la arena, una conversación con un desconocido en un pueblo nuevo. Juego libre y contacto con la naturaleza, leer un libro juntos...hay miles de cosas que podemos hacer si nos olvidamos del teléfono.

Este verano, si algo he aprendido, es que el móvil no se desengancha con más normas. Se desengancha con más vida real alrededor. Y esa vida real, casi siempre, empieza por lo que hacemos nosotros cuando creemos que no nos están mirando.


Fuentes


Este artículo forma parte de la serie Infancia y desconexión digitalAulas sin pantallas sobre cómo recuperar el contacto humano y la curiosidad real frente al uso excesivo de la tecnología en la infancia.


Articulo escrito por

Riccardo Rigamonti - actor, autor, director y padre.
Fundador de Joyful Education

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